Mi enfermedad: mi mejor maestra.

Cuando me diagnosticaron neuritis vestibular con ansiedad, sentí que mi vida se había detenido. Pasé de ser una persona llena de energía a convertirme en alguien incapaz de realizar las actividades más simples. La sensación de mareo constante, la visión nublada, los cuadros que parecían moverse y la imposibilidad de salir sola de casa me sumieron en un estado de desesperación. Los médicos me dijeron que probablemente nunca me curaría del todo, que debía aprender a vivir con ello.

Pero dentro de mí algo se negaba a aceptar esa sentencia. Decidí que, si mi cuerpo estaba enfermo, yo tenía el poder de sanarlo. Comencé a escucharme, a entender qué emociones no resueltas me habían llevado hasta ahí, a trabajar en mi interior en lugar de solo enfocarme en los síntomas. La fe y la esperanza se convirtieron en mi refugio, y comprendí que la verdadera curación no solo viene de fuera, sino que nace desde dentro.

Poco a poco, mi cuerpo respondió a ese cambio. Empecé a mejorar, a recuperar fuerzas, a ver con claridad no solo con los ojos, sino con el alma. Lo que parecía imposible, sucedió: me sané.

Esta enfermedad me enseñó que el cuerpo es el reflejo de lo que guardamos en nuestra mente y corazón. Que las dificultades no son castigos, sino oportunidades para crecer, para aprender a amarnos y a cuidarnos. Que, aunque todo parezca oscuro, siempre hay luz al final del camino si creemos en nosotros mismos.

Las enfermedades no solo afectan al cuerpo, sino que también tocan lo más profundo de nuestra alma. Son pausas forzadas que nos invitan a reflexionar, a cuestionarnos y, sobre todo, a escucharnos. A menudo, vivimos tan inmersos en la rutina y las expectativas externas que olvidamos atender nuestras propias necesidades, nuestros límites y nuestras emociones.

Cuando el cuerpo habla a través de una dolencia, nos está enviando un mensaje: es momento de detenerse, de sanar no solo físicamente, sino también emocional y espiritualmente. Cada síntoma, cada sensación, puede ser un reflejo de algo más profundo que hemos ignorado por demasiado tiempo.

Aprender a ver la enfermedad como una maestra es un acto de valentía. Nos enseña a valorar la salud, a replantearnos nuestra vida y a reencontrarnos con nuestro propósito. Nos obliga a confiar en el proceso, a rendirnos ante lo que no podemos controlar y a fortalecernos en la fe, en la esperanza y en la creencia de que todo sucede por una razón.

Si estás pasando por una enfermedad, no te preguntes solo “¿por qué a mí?”, sino “¿para qué?”. Escucha lo que tu cuerpo y tu alma intentan decirte. Tal vez sea el momento de soltar, de cambiar, de empezar de nuevo.

Porque la verdadera sanación no es solo la ausencia de enfermedad, sino el encuentro con uno mismo en medio del proceso.

Os dejo el enlance del Diccionario de las enfermades: www.sanateysana.com/diccionarioemocional.html

¿Alguna vez has sentido que tu cuerpo te estaba enviando un mensaje y no sabías cómo escucharlo? A mí me pasó… y cambió mi vida para siempre. En mi libro te cuento cómo mi enfermedad se convirtió en mi mejor maestra. ¿Te atreves a descubrir el aprendizaje que puede haber detrás del dolor?

Compártelo

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on telegram

Cookies

Usamos cookies para mejorar su experiencia y brindarle una información relevante. Con seguir navegando por nuestro sitio web confirma que está de acuerdo con nuestra política de cookies.